El baúl (Škrinja)

El baúl. En cada uno de nosotros despierta esa curiosidad,

sea que guarde los tesoros usurpados en las lejanas Indias o cartas

de amor de corazones fascinados por seres conocidos o completamente

extraños o tan sólo una poca ropa pueblerina,

almendras, nueces y algún membrillo, higos secos ensartados

en cadena, separados por pequeñas hojas de laurel oloroso, sulfurados

y espolvoreados con harina, todo según la sabida costumbre.

El baúl. Es más que una caja fuerte, caja, banco, cualquier

base de datos en una vasta serie de computadoras,

un lazo, un trenzado. Y, cuando huele a naftalina o a la tierna lavándula

de la isla de Hvar que, al tocar las ventanas de la nariz,

se deshoja en cuentos centenarios, se desborda

en colores sin número, vacila en los matices de la lengua

croata que resuena de una costa a la otra, de una altura a la otra altura, de un pueblo

al otro, en medio de la ciudad vieja y en el centro de la ciudad nueva, por la

dura tierra, por el llano, por el campo. Por el algarrobo.

Por el naranjo. Por el granado, la granada… se revienta, riega.

Solamente la abre la llamada de la cuidadosa mano de la abuela,

madre, mujer. Se anuncia. El baúl.